Así es, continuando con la inconstancia, esta es la primera crónica del 2011 después de que ya han transcurrido 2 meses del mismo. Cero culpa, se escribe cuando se quiere y se puede ;)
Hoy me encuentro en una posición inédita, escribiendo desde el Ipad ( Dios le de larga vida a Steve Jobs) y parcialmente discapacitada por una reciente operación, menos mal que es por poco tiempo. Tranquilos no voy a escribir sobre la reconsideración necesaria de la vida, que una condición así nos motiva, sería algo trillado y predecible. Realmente la crónica que escribo hoy la tengo en cocción desde hace algunos meses.
Conocen esa frase..."siempre se puede estar peor", que mucha gente utiliza como un subterfugio para darse ánimo y tratar de entender el sentido que tienen en la vida una situación que en estos momentos nos parece negativa y que probablemente en el futuro entenderemos que fue lo mejor que pudo pasar. No voy a entrar a discutir la veracidad de algo como esto, sólo quiero hacer tangible la sensación que me produjo la certeza de que siempre se puede estar peor.
Recientemente he tenido la oportunidad de participar en un gran cambio, cambio que desde que se anunció, muchos miraron con ojos de optimismo, nuevas perspectivas, visiones diferentes, maneras de hacer las cosas que trastocarían paradigmas. Toda una manta de esperanza fue cubriendo algunos de los corazones que se someterían al cambio. Por qué no imaginarse un mundo mejor... Con este cambio por fin vamos a poder hacer cosas que antes con las viejas estucturas era imposible. Así uno a uno, fueron entrando en la euforia de la ilusión, en la irracionalidad del feliz sin certeza.
El cambio se dio y las primeras semanas, como era de esperarse, fueron de caos absoluto. La tribu de los esperanzados rezaba su letanía de esto es sólo el arranque, es natural que cosas así ocurran, todo esto será distinto cuando los cambios se inicien. Un mes, dos meses, nueve meses y el caos siguió siendo la norma. La arbitrariedad, el despotismo y el voluntarísmo estában y están a la orden del día. Incluso aquellos que aunque esperanzados, habían mantenido cierto grado de racionalidad, entraron en la embriaguez del sálvese quien pueda, y si aquí todo el mundo hace lo que quiere, porque no he de hacerlo yo.
Ahí me llegó la visión, siempre se puede estar peor, pero no sólo porque siempre hay posibilidad de tiempos mejores, sino por la certeza de que también siempre hay tiempos peores que te muestra su horrible cara de debastación.
Afortunadamente yo no fui una de las esperanzadas, porque lo que le ha ocurrido a ellos es la muestra patente de la frustración absoluta. Algunos caminan por los pasillos de la intransigencia aferrándose a la esperanza del cambio, otros se arrastran por las paredes maldiciendo su ingenuidad, rumian la rabia del inconforme y no tienen herramientas para salir de ahí.
Otros, embriagados por el narcótico que produce el voluntarismo, se divierten haciendo su deseo, arrastrando a algunos necesitados de liderazgo a abismos imcomprensibles de la terquedad y el absolutismo. De los pocos como yo, que de alguna manera teníamos la intución de esta realidad, estamos atónitos, tomando notas, tratando de no ser arrastrados, embriagados, narcotizados.
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