martes, 15 de septiembre de 2009

Un sábado cualquiera

4 pm de un sábado cualquiera, compras dentro de un centro comercial, también llamado “Mall”. Ruido, niños corriendo, dinero que fluye en una economía que entre golpes y porrazos sigue consumiéndose así misma.

La vida transcurre como siempre en este gran bazar de neón y cristal, una tarde cualquiera, un sábado cualquiera. Afuera, grandes nubes presagian lluvia, una lluvia que dentro de este paraíso de las compras es un hecho sin importancia.

Las primeras gotas caen sobre la ciudad, truenos y relámpagos hablan de que no será sólo una pequeña lluvia, habrá más de uno que llegará emparamado a su casa, pero contento con la compra del día.

Una lluvia tenaz castiga la tierra. Inclemente el cielo decide caer sobre esta ciudad imposible de parar, con mucho más fuerza y granizos del tamaño de una pelota de golf se precipitan sin cesar.

Nada pasa, los compradores siguen en su afán de obtener lo que necesitan y lo que no. Dado el momento pareciera que una fuerza sobrenatural pretendiese llamar la atención a aquellos a quienes la compra esclaviza. En ese momento dado, la tierra no pudo más y estalló en un estruendo tembloroso, que dejó sin habla a los comprantes.

Nada puede asustar más que la grandeza de la naturaleza, su poder y omnipresencia, que casi siempre olvidamos, nos recuerda de un golpe lo pequeños que somos y lo indefensos que estamos.

Pocos segundos de sacudida bastaron para enmudecer el alma. Rostros de angustia y terror comenzaron a aparecer. Miradas desesperadas, niños que lloran. Cuando la tierra finalizó su arremetida, su grito desesperado de atención, sólo quedó el silencio y el suave rumor de la lluvia que continuaba cayendo.

Aun con el estupor en el cuello, una mujer rompe la monotonía de los atónitos, para exclamar- "!Dios nos ha enviado una señal¡"- Como si ese clamor los hubiese liberado, los comprantes estallan en comentarios, risas nerviosas, señales de alivio. Un sínico se atreve a desafiar a la señora - “No meta a Dios en esto, que él hace rato que no mira para acá-”.

Poco a poco la mole de cristal recobra sus ruidos, la gente comenta sus sensaciones y visiones al momento del temblor, la compra continúa. Afuera sigue la lluvia. La tierra no logró su propósito de detener el afán de los comprantes. Sin embargo, la furia con la que golpeó a la ciudad dejó su huella. La urbe es un caos. Ríos de lodo, paredes agrietadas, interminables filas de carros atrapados dentro de lagos artificiales recién creados.

A pesar de todo, los comprantes continúan con su ir y venir. Un grupo de adolescentes se pasean en tacones por los pasillos del “mall”. Son las jóvenes promesas de la industria de la belleza. Hoy nada las va a detener, deben mostrarse, deben vender su rostro para ganar un concurso que las saque del anonimato. A pesar del miedo que les produjo el temblor, siguen moviendo sus cabelleras con la sonrisa congelada, atentas y preparadas para cuando aparezca un flash.

Yo las observo. Pienso en lo subrealista de la escena. Niñas convertidas en mujeres antes de tiempo, en el medio de este caos natural, capaces de superar cualquier obstáculo con la fija idea de triunfar y obtener la tan deseada corona.

Una se percata de mi mirada, es quizás la más joven de todas. Sin curvas, pero con más maquillaje del que nunca llegaré a usar, se aproxima a mi. Segura, ensayada, con la ansiedad del que tiene algo que decir y debe evacuarlo con toda celeridad. Yo la espero, no se que pueda querer de mi. Ella se acerca, respira profundo y exclama - "Hola, estoy concursando para ser miss teen Venezuela ¿Quiere comprar una invitación que es gratis pero hay que pagarla?"-.

martes, 1 de septiembre de 2009

Arrastrando la cobija...

Arrastrando la cobija y ensuciando el apellido,
Voy por esta mugre vida como un pájaro perdido
¿Dónde estás que no te encuentro?¿dónde diablos te has metido?
¿Quién te anda goza y goza? Corazón vuelve conmigo
Ya no te quiero, ya no quiero, ya no te quiero
Eso es mentira, mentira, mentira
Yo sin ti me muero
Arrastrando la cobija, y ensuciando el apellido
Voy por esta mugre vida, como un pájaro perdido
¿Dónde estás que no te encuentro? ¿dónde diablos te has metido?
¿Quién te anda goza y goza?
Corazón vuelve conmigo


Hace poco descubrí esta ranchera (que me perdonen los conocedores de música si esto no es una ranchera sino un bolero ranchero, o cualquier otro género que puede darse en ese musical país que es México). La frase con la que inicia, es demoledora y desde el principio es un presagio de dolor, confusión e intensidad.
Desde que la escuché no he podido sacarla de mis pensamientos, probablemente porque ella encierra mucho de lo que a través de este blog atormentado se deja fluir. Pero más allá de eso, esta frase es increíblemente real y gráfica, potente, contundente. Es como un golpe a la cara, duro, macizo. Gritarle a alguien que es el causante de que uno arrastre la cobija y ensucie el apellido es una muestra del profundo dolor y desconsuelo que le está produciendo.

He imaginado como se ensucia el apellido, y lo que me viene son imágenes de eternas borracheras en las que uno borra hasta su nombre, avergonzándose así mismo con las cosas que hace. Cuántos de nosotros no ha deseado en algún momento de su vida que un hoyo negro venga con benevolencia y lo trague, para simplemente desaparecer. Pero nunca ocurre, lo que si nos ocurre es que andamos por la vida con la cobija a cuestas, llenándola de polvo, dejando ver nuestra miserable existencia, mostrando nuestras llagas producto de aquel mal amor.
Es inevitable escribir sobre los mal queridos, y no necesariamente porque uno lo sea, pero es que el estado del desamor ha sido el promotor de grandes libros, canciones y poesías.

Mi intención no era escribir un tratado sobre el desamor, sólo traerles esta ranchera, si no la conocen disfrútenla (les dejo un video con la interpretación de una cantante venezolana), si la conocen recuérdenla.

http://www.youtube.com/watch?v=m9oZaJ-2Arg