Es sorprendente lo que puede hacer a la psique de una persona el miedo. Todo hecho se convierte irremediablemente en una posible película de violencia e injusticia ante la vida. Vivir en una de las ciudades más peligrosas del mundo, ha generado ese efecto en mi. Cosas que antes pasaban desapercibidas, ahora se convierten en posibles advertencias, momentos de tensión y reflexión ante la vida corta, que cualquiera puede cercenarnos.
Les narro la escena y ustedes me dirán que opinan:
Viernes, 4:45 de la tarde. Un viernes singular porque es un viernes de cobro, el tráfico está por hacer que las venas de esta ciudad con alto índice de colesterol estallen. Todas las vías por las que pueden circular los autos están colapsadas, afuera un calor infernal, augurios de lluvia, cansancio… Deseos de llegar a un lugar de paz.
El tráfico avanza muy lentamente, un cambio de canal de la vía para tratar de avanzar un poco más rápido. De la nada aparecen dos motos que rápidamente, escurriéndose entre los autos llegan hasta el mío, una avanza y se queda muy pegada de la parte delantera de mi auto la otra aguarda detrás de mí. El motorizado que está frente a mi está tan cerca que puedo verle fácilmente el revólver y las municiones de repuesto que lleva en su cinturón. Una radio pegada al manubrio de la moto, y una actitud amenazante completan el cuadro. Sin embargo, el motorizado no hace nada, está allí estacionado frente a mí, mira hacia adelante, de vez en cuando se voltea y le hace señas a su compañero, al que sólo logro ver a través del retrovisor.
Pasan algunos minutos… ¿O segundos? La verdad no lo sé, para mí fue una eternidad. Estar dentro del auto vigilante, atenta, asustada, pensando en una infinidad de situaciones que podrían darse en cualquier momento; un secuestro, un asalto masivo en el tránsito, ya ha pasado recientemente, qué más da. Segundos, minutos interminables, señas entre los motorizados pero nada pasa. Hollywood nos ha entrenado bastante bien, para imaginar escenas, pero también nos ha enseñado que si la escena se prolonga pierde efectividad porque el espectador tiene tiempo de analizar el absurdo.
Así fue. Nada pasaba, así que entre el espanto y la locura, comencé a analizar la situación, afortunadamente los autos se movieron yo me quedé rezagada y los motorizados avanzaron para colocarse los dos frente a mí, fue en ese momento que me percaté que frente a mi había una camioneta enorme, negra, de vidrios negros, con apariencia reforzada y manejo algo violento a pesar del tránsito ¡Eso es! Pensé. En esa camioneta va alguien importante y estas motos son sus escoltas, algo de alivio comenzó a entrar en mi cuerpo. Sin embargo, el cinismo con el que, gracias a la violencia estamos viendo la vida, hizo que comenzara a pensar, que sólo faltaba que ahora alguien quisiera atentar contra la vida del importante personaje que iba delante de mí, a quién yo desconozco, pero junto al cuál seguramente iba a quedar retratada si algo así ocurría.
Pura paranoia, me dije, y continué tratando de bajar la tensión que había sentido anteriormente. El tránsito comenzó a despejarse y así surgió la posibilidad de alejarme de la camioneta y sus escoltas. Sin embargo, más adelante, en el siguiente cruce, la camioneta se frena en seco obligándome a hacer lo propio. La calle adelante se veía vacía ¿por qué se detiene, qué está pasando? Por una esquina entre la camioneta y una pared pude ver que delante de la camioneta iba una persona en silla de ruedas que era empujada por otra. Pero ¿cómo puede ocurrir esto, esta es una salida a una autopista?¿ Qué hace una persona con discapacidad tomando esta ruta tan peligrosa? Inmediatamente me asaltó nuevamente la idea del atentado. Algo tan absurdo sólo puede ser motivado por una acción absurda que está a punto de suceder.
En mi cabeza imaginaba a la persona en la silla de ruedas, sacando un arma de alto poder, disparando sin compasión a la camioneta y a cualquiera que estuviese cerca, casi pude ver los cuerpos, el olor a pólvora, el zumbido en los oídos cuando el tiempo se detiene gracias a un hecho que cambia tu vida. Segundos de angustia sin poder hacer nada, el tráfico se había aglomerado detrás de mí, aquí vamos a morir todos, pensé.
La camioneta comienza a avanzar lentamente, nada pasa. Avanza y logro ver a las dos personas que se había orillado en un espacio que tiene la vía y agradecía generosamente a la camioneta por haberlos dejado llegar hasta ahí. Todos seguimos nuestros caminos sin que nada ocurriera.
Dos reflexiones me asaltan desde ayer. La primera está vinculada con el miedo, que carcome y paraliza, que nos convierte en seres cobardes, expectantes ante la suerte que nos depara el destino, pero con una expectación lastimosa, resignada y apática. No quiero montar en mi cabeza escenas de violencia para películas taquilleras, no quiero vivir con miedo.
La otra tiene que ver con el absurdo que acabo de contarles ¿Qué puede estar pasando en una sociedad para que una persona con discapacidad arriesgue su vida circulando por una vía de alta velocidad, diseñada para automóviles? ¿Qué le da derecho a poner en peligro su vida y la de los otros? ¿Por qué considera esa persona que las vías públicas le pertenecen y por eso puede usarlas de la manera que se le antoje? ¿Quién pone freno cuándo los ciudadanos perciben que no hay instituciones que les impidan hacer su voluntad absoluta?
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