Es un día cualquiera en una funeraria de esas que están destinadas para aquellos que tienen poco, ubicada en cualquier ciudad del tercer mundo. Hay un grupo de personas reunido junto al féretro.
Una mujer entrada en edad se acerca y llora desconsoladamente - Ay mi hijo amado!!! Tanto que luchamos juntos, tu con tus estudios, tu deporte, ya no queda nada de eso, que voy a hacer tan sola!-.
Otra mujer le pasa un brazo por la espalda y le dice -Comadre no se ponga así, el Señor se lo llevó y ahora está mejor allá con él... Usted algún día se reunirá con Feliciano-. La madre con furia se voltea y la mira a los ojos... - Comadre, por qué matarlo, si el teléfono que tenía era barato, nunca servía. Además cualquiera tiene un teléfono mejor que ese-.
Varios de los asistentas lloran. Hay una mujer joven que no puede contenerse y sus sollozos suben de volumen inundando la sala de desperanza y desconsuelo... Ella es Eurídice, la novia de Feliciano, que junto a él estaban planificando el matrimonio que se efectuaría en el mes de agosto, sin mucho lujo, pero si estaban pensando en una fiesta, donde todo el mundo pudiese bailar y echarse sus traguitos.
La gente sigue llegando y entregándole el pésame tanto a la madre como a Eurídice, nada de lo que se les diga puede calmar el dolor de quedarse sin alguien que se ama. Hoy Feliciano no está porque "otros" quisieron algo que él tenía, y al final pensaron que su vida valía menos que el teléfono móvil más barato del mercado.
Murmullos en la sala la gente comenta, la gente habla y se lamenta, porque además de todo el dolor que significa la muerte, en esta ciudad no todos los muertos son iguales. Varios hombre en un rincón, hablan de cómo tuvieron que esconderle a la funeraria el hecho de que Feliciano murió a causa de un disparo -No vale, esto fue terrible, hubo que hacer magia, porque las funerarias no están aceptando a los muertos por balas-. Otro hombre que escucha pregunta -¿Y eso por qué?-... - Porque si el muerto era un malandro, seguro vienen a buscarlo para asegurarse que está muerto, y aprovechan para robar y cobrar otras cuentas pendientes. Ya ha pasado en muchos casos-.
Así es la dinámica en las ciudades violentas. Vivir y morir, no es igual para todo el mundo.
Se acerca la hora de rezar, las mujeres de más edad ya tienen sus Rosarios en la mano, la madre casi no puede mantenerse en pie... Comienza el primer misterio... Sin pecado concebido.
Desde la puerta de la funeraria se escucha un rumor de motocicletas, frenos y arremetidas. Cuatro hombres de contextura fuerte, eso si, nunca tan fuerte como el armamento que portan, han entrado en la sala. Amparados por el anonimato de las capuchas, demuestran todo su coraje empujando a los presentes. El líder del grupo acalla las voces y en tono destemplado, como quien va a iniciar un mitin político dice - Buenas noches a la concurrencia - dirigiéndose a las mujeres que más lloran - señoras mi sentido pésame... resulta y acontece que un compañero de labores nuestro lo mataron hace 4 horas, y somos gente pobre ... bueno como ustedes, es decir somos la misma gente-.
La madre de Feliciano sacando fuerzas de alguna esquina de su corazón o de su estómago, le dice al líder del grupo - Ay mijo, por favor, déjeme velar a mi hijo en paz-. El malandro con mucha educación y firmeza responde - Claro señora! No faltaba más, nuestra intención no es saboterale el velatorio, lo nuestro aquí es otro asunto, necesitamos el ataúd, así que nosotros nos lo llevamos y usted vela a su muerto tranquilita!!-.
La declaración del delicuente líder deja atónitos a los presentes que se quedan paralizados mientras los otros 3 individuos cargan al cadáver, lo sacan del féretro, lo depositan en el suelo, y con la misma decisión levantan el ataúd y se lo llevan fuera de la funeraria. Nadie hizo nada, nadie podía hacer nada... Que puede hacer uno frente a la dimensión de un hecho como éste.
El jefe de los asaltantes de féretros, le dio unas palmadas en el hombro a la madre de Feliciano diciéndole-Llórelo bastante señora que a la gente buena hay que llorarla, a gente como yo no lo llora nadie-. La madre sólo pudo atinar a responder - mijo, pero no me deje a Feliciano en el piso-... -Claro señora, disculpe a mis muchachos-, y silbando llamó a los otros 3, que sin ningún problema levantaron el cadáver y lo dejaron sobre la plataforma donde antes estaba el ataúd.
El líder se despidió, y todos se marcharon, dejando a su paso una tierra arrasada por el estupor.
Esto que les he contado, hubiese querido que fuese obra de una imaginación inaudita, porque podría significar que tengo madera de novelista, pero lamentablemente no fue así. Este relato que les he narrado, ocurrió, palabras más, palabras menos, pero fue real, y yo aun no tengo palabras para describir lo que siento al respecto... Como siempre algo de ayuda de quien guste comentar, será bien recibida.
Que duro, pero no me extraña que sea cierto. Tiene la misma justificación de los choros que piden en las camioneticas porque en todo caso pudieran estar robando. Excelent Dam
ResponderEliminarCuando lo terminé de leer no me lo podía creer, esto es demasiado...
ResponderEliminar