Al parecer julio no fue un mes muy productivo para este blog, pero aquí estoy de vuelta, así que de una vez comienzo la historia.
He decir primero que el título es el robado de una canción de Silvio Roríguez (no de las más escuchadas) que se llama "El extraño caso de las Damas Africanas", y que para este relato me viene muy bien... Sin embargo, la historia es un poco distinta, por eso la adaptación... Aquí comienza la historia...
Comenzaba la tarde con su acostumbrada modorra, en lo que en Venezuela se llama "la hora del burro". Una tarde cualquiera de oficina, como siempre, antes de partir a almorzar una alma caritativa había dejado preparando el café en la cafetera automática, de manera que al regresar, de un merecido y rápido almuerzo, todas las almas encontrarían consuelo para soportar la tarde en ese particular aroma del café recién "colao".
Un testigo de excepción, regresó temprano, el almuerzo era poco, la dieta obligaba al recato... Aburrido, sinsabor, para que demorar más las espera, mejor regresar antes, tomarse el café y tratar de tener listo los reportes. Aquiles regresaba unos 10 minutos antes que todos sus compañeros, al pasar por frente la cafetera se percató que ésta iniciaba el colado de ese milagroso líquido oscuro, lleno de olores que relajan y sabores que estimulan la imaginación, o por lo menos la mantienen alerta para continuar la labor diaria.
Aquiles, respira profundo y sigue hasta su oficina, esperará unos minutos para que se haya terminado de colar y poder saborear el café con tranquilidad. Al llegar a su oficina, comete el terrible error de desbloquear la computadora, sólo para encontrarse con una lluvia de correos electrónicos que clamaban, con bastante inclemencia su inmediata respuesta. Resignado, aun con el desabrido sabor de calabacines al vapor en su boca, y sin haber tenido tiempo de cumplir con el ritual de cepillarse los dientes y mucho menos de tomarse un merecido café, Aquiles inicia la tarea de responder calmadamente aquella tormenta de requerimientos electrónicos.
Al cabo de un rato, evidentemente había estado concentrado y no se había percatado del paso del tiempo, Aquiles regresa de su profunda concentración de documentos adjuntos, reportes incompletos y solicitudes de videoconferencias. Un rumor, más bien un grito ahogado, seguido de comentarios de estupor, plagaban el pasillo de las oficinas, algo había ocurrido, algo que se antojaba increíble, indescifrable, dado el rumor creciente y las voces algo agitadas que se comenzaban a escuchar. Aquiles se levanta de su silla, y asoma la cabeza fuera de su oficina, dirige su mirada hacia donde provienen las voces. Un grupo de compañeros están parados en el medio del pasillo, frente a la pequeña cocinita dónde se encuentra la cafetera. Aquiles, rascándose detrás de la oreja, recuerda que no ha tomado café, que aprovecharía que se levantó para ir a buscar un poco y así se enteraba de lo que había ocurrido.
Lentamente salió de su oficina y se dirigió hacia el grupo de personas reunidas. Al llegar un poco más cerca pudo escuchar a una de sus compañeras decir con voz entrecortada - esto no es posible, es el colmo, estoy cansada de decirte que debes poner café en el filtro, de otro modo no tendremos café, tendremos sólo agua caliente - Aquiles se acercó un poco más, y pudo ver como la chica nueva de la recepción le contestaba - pero señora Gladys, yo puse el café, hice todo como usted me lo indicó, la verdad es que no se que ocurrió -.
Aquiles pudo abrirse paso entre la gente, justo para mediar entre las dos mujeres y evitar que Gladys intentara algún acto de violencia contra la pobre recepcionista - Un momento - Alcanzó a decir con voz destemplada - Lo que dice Mary es cierto, yo vi cuando empezó a colarse el café, vi caer la primera colada, pude percibir su olor, Mary hizo todo correctamente-. Gladys se adelanta para quedar frente a Aquiles y poder decirle con socarronería - ¡Ah! ¡Con que tu viste el café! Y podrías explicarnos ¿dónde está? ¡Porque la cafetera sólo tiene agua caliente y el filtro está limpio!-.
Con asombro, Aquiles da media vuelta, sólo para encontrarse con la transparente verdad del agua caliente, rebosando en la jarra de café. ¿Cómo pudo ser? ¿Quién podría haberse llevado el café, lavado la jarra y el filtro y volver a poner agua, encender la cafetera y no añadir café? No había respuestas para éstas preguntas, toda la oficina estaba conmocionada y algo alborotada, una pequeña excusa para alejarse del trabajo y apartar el sueño de la tarde.
Mary, que se sentía liberada, dijo con mucha autoridad -Voy a pedir a los vigilantes que me enseñen los videos de seguridad, esto no puede ser-. Y así lo hizo, sólo para encontrarse un pasillo vacío, ver la espalda de Aquiles arrastrándose hasta su oficina y nada más.
Los días han pasado, sin embargo, en la oficina de Aquiles aun no han podido olvidar el extraño caso del café "colao".
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